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viernes, 27 de abril de 2007

INAUGURACIONES, 27/04 19 hs.


VIERNES 27 DE ABRIL, 19 hs.
Inauguración de Martín Legón, Nicolás Mastracchio y Mauro Guzmán
APPETITE - Chacabuco 551
Abril es el mes más cruel - Martín Legon
Objeto oscuro del deseo - Nicolás Mastracchio
I feel like Linda Blair - Mauro Guzmán
Continúa: Modelización Psicogeométrica IV - Marcela Sinclair

Appetite y Tanto Deseo invitan Gallery Nights en La Europea, Arenales 1415
Yamandú Rodríguez, Marcelo Galindo, Kuki Benski y Daniela Luna http://www.hostnews.com.ar/2007/prov/abr/020277.htm
Pueden ir un rato y después venir a APPETITE

sábado, 7 de abril de 2007

Con nombre y apellido



¿Quién se queda en una fiesta un domingo hasta las 5 de la mañana? Un músico de rock, seguro. Después de su show en el festival Quilmes Rock, Stefan Oldsal y Steve Hewitt -bajista y baterista de Placebo- se encaminaron hasta la galería de arte Appetite: ahí los esperaba una fiesta organizada por la galerista Daniela Luna , con la intención de presentar a los Placebo y a sus fans, y registrar los resultados para una muestra que colgará en julio, sobre "cosas hechas por fans: dibujos, cartas, banderas..." Oldsal, además, había cumplido años, así que también fue homenajeado con una torta y algunas botellas de whisky. Una, por ejemplo, la llevaba en su cartera una alemana que vive en Buenos Aires. "Me la regaló el de Placebo", indicaba, incapaz de deshacerse del souvenir.

Espectáculos, La Nación
http://www.lanacion.com.ar/897572
06/04/2007

jueves, 22 de marzo de 2007

Preferiría sí hacerlo - Nota en suplemento Radar de Página 12

plastica > daniela luna: sexo, dinero y arte

Preferiría sí hacerlo

Acaba de ampliar una galería que había inaugurado con dos pesos en el 2005. Está decidida a que el arte absorba y refleje la hiperinformación a la que todos estamos expuestos. Pretende que los artistas de su galería puedan vivir de su trabajo. Planea solventar a los menos “vendibles”. Quiere buscar entre los adolescentes. Y no le faltan ideas para conseguir dinero. Artista, galerista y curadora, Daniela Luna se propone llevar adelante un proyecto integral que inyecte hormonas y color al arte argentino y cuya primera avanzada ya desembarcó en el Centro Cultural Borges.


Por Natali Schejtman

Un paseo por el site appetite.com.ar es un desfile flúo y movedizo de mujeres en éxtasis (o en su búsqueda), dentaduras animales lascivas y salivosas, cuerpos casi desnudos y distintas escenas de humo y fuego. También, un catálogo abrumador de links (de la misma galería) que enseñan todos los formatos de pulso presente con los que hoy las personas y los proyectos pueden comunicarse: my space, blogspot, fotolog, YouTube. Pero además, esos incontables trampolines a nuevas y nuevas ventanas de fotos, novedades y videos no sólo son las recargadas herramientas con las que cuenta un espacio llamado Apetito, sino que también son puertas de entrada, titilantes en neón cibernético, a otros dos proyectos, que pretenden ser tan claros en su propuesta como el proyecto madre: Devora-me y Tanto deseo. Ah, encima, la banda de sonido que comienza instantáneamente para este recorrido que intenta desesperadamente rebasar los límites de una pantalla de computadora arranca con la cantante R&B-bombón asesino llamada Kelis que susurra: No tienes que quererme, incluso no tienes que gustar de mí... Pero vas a respetarme... ¿sabés por qué?... ¡Porque soy una mandona!... Okay, entendimos: rabia, carne, calentura. On line.

Pato para montar de Daniela Luna, cubierto de látex y cera chorreada.

Hambre, hambre, hambre

La mujer que esculpe toda esta hormodelia fálico-virtual se llama Daniela Luna y, si quisiera, podría corregir el lema de Marta Minujin (“¡Arte arte arte!”) por uno más acorde a su condición de pac-woman: esto es hambre hambre hambre. Hambre y sexo, una yunta psi que puede ser un poco la bandera –conceptual, y a veces literal– de este nuevo espacio de arte contemporáneo, y también un nuevo sacudón a la abulia que pintó de gris algunos escenarios culturales y jóvenes: “Cuando quise empezar con esto sentía que había ciertas necesidades que no estaban siendo contenidas y quizás explotadas. Varias de ellas relacionadas con la cuestión del sexo dentro del arte y dentro de la vida”, explica Luna, que supo pintarse a sí misma en posiciones muy osadas y mostrarlo al público sin ningún pudor, aunque por ese trabajo descubrió significativos prejuicios propios y ajenos. Este ímpetu sexual, es cierto, es muy sensible al contexto que amenaza todo el tiempo con limitar semejante declaración de intenciones a la espectacularidad y el exhibicionismo. Como carta de presentación, como gesto y como realidad en varios artistas, como Yamandú Rodríguez o la misma Luna, igual es un giro atractivo: “sexualidad, color, energía”, tres patas de su interés.

Luna: artista, galerista y curadora.

Mucho ojo

Cuando Luna decidió a mitad del 2005 materializar en una pequeña galería de arte muy contemporáneo un proyecto ambicioso llamado Appetite no sabía exactamente para dónde iba a ir, pero se dejó guiar por sus ganas de hacer cosas. Su interés fue siempre darle un lugar privilegiado no sólo a la experimentación, que defiende a ultranza, sino también al mercado del arte: buscarlo y crearlo cuando no existiera, como pasa frente a algunos artistas, para lograr que su troupe pudiera vivir del arte. También, se entregó a algo que repite y mitifica: una estrategia. Es justo acá donde parece haber un corte con la comparación obligada, Belleza y Felicidad, galería y espacio muy local que en 1999 reformuló el circuito y la idea de legitimación en el arte y se convirtió en base y centro de reunión de un movimiento joven prolífico y un referente ineludible en cualquier discusión cultural, aunque nunca hizo alarde de una impronta muy comercial. A comienzos de este año, Fernanda Laguna anunció el cierre de la galería (no del espacio), que más o menos coincide con la ampliación de Appetite.

Una foto de Yamandú Rodríguez, una de las artistas de la galería que saca fotos de chicas (de las que no muestra la cara) que conoce por chat o fotolog.

Mientras que en un principio Luna apenas pudo alquilar un local en la calle Venezuela (que ahora se prepara para Tanto deseo, un proyecto de experimentación artístico-erótica pero sin exhibición al público), el crecimiento sostenido de la galería le permitió mudarse a fines del año pasado a un espacio mucho más grande. En el primer Appetite, todo era más espontáneo o inclinado a la hojita colgada dibujada con birome. También, era más pobre: “Tiene que ver con la estrategia. Cuando empecé tenía muy poco dinero: o me fundía o funcionaba. Mi proyecto tiene más que ver con un lugar como éste, pero Venezuela fue como un primer paso y la única manera que se me ocurrió en ese momento para romper con la primera impresión de local común (no tenía plata para darle una onda más elaborada) fue hacerlo más como lo viviríamos nosotros. Surgían obras espontáneas y los artistas, al integrarse con el lugar y al vivir en el lugar, empiezan a dejar cosas y la gente a veces no se daba cuenta de qué era obra y qué no: eso me interesaba para descolocar. Tal vez la gente ahora se esté dando cuenta de que todo era mucho menos ingenuo de lo que parecía”. En este nuevo Appetite hay dos salas: una, la blanca, tiene la decoración más clásica de las galerías, con cuadros en formatos más convencionales, pero con una sobrecarga de información visual (hay decenas de cuadros de distintos artistas en una misma pared) 100 por ciento planificada y muy a tono con el frenesí visual esquizoide postera fotolog-google-etcétera que la galería ensalza y aprovecha, en donde el juego se da entre la contemplación y el ojeo ansioso. El otro, en el fondo, más galpón, es un espacio gigante reservado para obras de formato menos aprehensible: “Yo soy así. Me gustan las cosas espontáneas, me llama el caos, pero a la vez me interesa mucho la estructura y el orden. Acá puedo combinarlos mejor”.


Una de las paredes de Appetite que respira el espíritu de Luna: saturadas de obras, como el público está saturado de información.

Que se vengan los chicos

Pero Luna no es una yuppie del arte joven, ni por cerca. El discurso de afianzar económicamente la galería y a sus artistas, que tampoco es cínico e incluye un proyecto de gestión para solventar económicamente a artistas cuya obra es poco “vendible”, va de la mano y se retroalimenta con toda naturalidad con el deseo de convertir a Appetite en un lugar inmenso y lleno de tentáculos en el que pase de todo. Por eso la inauguración vino con bandas, por eso a partir de abril habrá una kermesse por mes (organizada por el diseñador Rubén Zerrizuela). Luna quiere todos los públicos y ahora está entusiasmadísima por empezar a trabajar incluso con la energía de los adolescentes. En principio, tiene planeada una muestra con ellos de “Fans” para junio. Pero además, ya incluyó en sus paredes hiperpobladas a una artista de 20 años, Victoria Colmegna, que se destaca por juguetear con temáticas de una preadolescencia bien: tapas de libros de la colección Sweet Valley y pijamas-parties con camisones rosas y todo el sabor del chicle globo, pero con tanto colorante que puede ser medio tóxico.


Obras de tres de los cinco artistas de Destroyers, la muestra que Luna curó en el C.C. Borges.

Dentro de esta táctica expansiva, Appetite está presentando una muestra en la entrada del Centro Cultural Borges. Bajo el nombre Destroyers (que casualmente coincide en el Borges con “La guerra al malón”, de Carlos Alonso), cinco artistas de Appetite jugaron con el espacio y con algo relacionado con la violencia, también armada, poniendo en primer plano una ambigüedad muy sugerente y provocativa de los elementos que utilizan. Hay un ejército de Alicias en el País de las Maravillas enfiladas en el suelo (de Mercedes Cosci), un hombre casi en cueros con los ojos tapados y una pistola en la cintura pintado sobre una pared y, sobre otra, un besote sorpresivo de chica a chica, con ganas y fuerza (ambos de Ana Vogelfang), además de un helicóptero tamaño real (de Ariel Cusnir), entre otras cosas. Luna contempla la variedad de obra que hay en esta muestra (y sonríe por lo desconcertante que puede resultar), pero insiste en remarcar la característica que subyace a todos. Y que a ella le interesa más que otras: “Todos tienen ganas de crecer. A mí me interesa trabajar con gente que tenga ganas, hambre, voracidad. Sin eso, no me interesa”.

La muestra Destroyers estará en el Centro Cultural Borges hasta el 19 de abril. Appetite se encuentra en Chacabuco 551.

miércoles, 31 de enero de 2007

SOUNDWALK SAN TELMO, en APPETITE!!! FEBRERO en APPETITE 19 hs. GRATIS, cupo limitado.


En Español:

El Soundwalk San Telmo consiste en realizar caminatas de aproximadamente una hora con grupos de máximo 12, recorriendo rutas específicas de una ciudad determinada. Durante la caminata, el artista que la guía orienta a la gente del grupo para que escuche atentamente los sonidos que toma a menudo como parte ordinaria de su vida cotidiana. Por ejemplo, puede ser que pregunte si los sonidos que oímos son causados por los seres humanos, la naturaleza o la
tecnología. Por una reservación, contacto: nuevoappetite@gmail.com
Ref: En el siguiente link a mi página web puede encontrar información detallada acerca de los soundwalks que he realizado en San Francisco, Nueva York, y Tel Aviv.
http://beautymarsh.com/performance/performance.html

In English:
Which are the sounds we hear and ignore in our community? How can we open ourselves to the joy of a sense we take for granted in our everyday lives? Beneficial for writers, musicians (and others!), please join me on a soundwalk wherein we'll explore the multitude of sounds in San Telmo. We'll also engage in "ear cleansing" exercises as perfected by Vancouver acoustic ecologists in the mid-70s. Just bring comfortable shoes. All ages welcome. Group size limited to 12. Email: nuevoappetite@gmail.com for a spot.
Click here f or more information about soundwalks that Todd has led in San Francisco, New York, and Tel Aviv.
http://beautymarsh.com/performance/performance.html

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Gritan los chicos, suenan las bocinas

El artista neoyorquino Todd Shalom y su caminata sonora
En su primer día en Buenos Aires, Todd Shalom –un artista neoyorquino, de 30 años, que trabaja básicamente con textos, sonidos y videos– fue a recorrer San Telmo.

Escuchó atentamente cada sonido del barrio que le era nuevo: las bocinas de los colectivos, el zumbido del aire acondicionado, el griterío de los chicos jugando en la vereda y más. De pronto se topó con la galería de arte emergente Appetite, y tanto le gustó que propuso realizar desde allí la misma performance que viene probando hace tres años en distintos puntos del planeta, desde San Francisco hasta Tel Aviv: una soundwalk, o caminata sonora por la ciudad.


Daniela Luna –que con 29 años es la directora de Appetite– realizó la convocatoria vía e-mail a una numerosa lista de personas que incluía un público amplio y algunos artistas. Su invitación a vivir la performance fue todo un éxito y terminó armando tres grupos. Una de las citas fue el miércoles último, a las 19, en la galería misma, en Chacabuco 551.

"Cada persona posee sus propios sonidos: sus pasos, sus llaves, sus voces... En las ciudades, los sonidos personales son a menudo opacados por los industriales: los de colectivos, motos, construcciones –sostuvo Shalom antes de recibir a los participantes–. Espero que después de escuchar con más claridad, poniendo en primer plano el sentido auditivo, muchas veces no considerado, tomemos decisiones que permitan la creación de una mayor armonía con nosotros mismos y todo lo que nos rodea."

La primera consigna que lanzó –en inglés, claro, pero con la traducción en simultáneo de Luna– fue quedarse un rato en la galería y hacer un ejercicio: "Formen una ronda, denme sus llaves y cierren los ojos. Cuando reconozcan el sonido de sus propias llaves, por favor aplaudan". Solamente tres personas adivinaron y el resto se equivocó.

A las 19.30, Shalom rogó a todos que apagaran sus celulares y recordó que no está permitido hablar en las soundwalks. "Si alguien escucha un sonido interesante y quiere que los demás presten también atención a eso no tienen más que silbar", aclaró. Y así, en silencio, el grupo atravesó la puerta de Appetite, mientras Luna pedía disculpas porque la galería tenía la persiana baja. "Estamos recién mudados y nos falta poner la vidriera", explicó. Y por supuesto... ¡la silbaron!

Una llovizna comenzó a caer. Más de un asistente precavido había llevado paraguas. Tras pasar por el portón de una fábrica ruidosa, en la puerta de una zapatería en las calles México y Perú, Shalom pidió a su público que se percatara de las distintas clases de sonido: si eran humanos, naturales o industriales; si eran propios o ajenos; si eran repetitivos o únicos; si eran agudos o graves; si eran cercanos o lejanos.

A las 19.45, con el bip de un semáforo para ciegos de fondo, el artista dividió al grupo en parejas y ordenó que uno mantuviera los ojos cerrados mientras el otro lo guiaba con los ojos abiertos. Los seis pares de personas avanzaron cual procesión por la calle México hacia Bolívar ante la mirada atónita de los vecinos.

Shalom emitió un chiflido y las parejas intercambiaron sus roles. Sobre la calle Defensa, en la puerta de un anticuario, el artista se paró detrás de un boquete para explicar la barrera acústica que puede producir un edificio, una pared o un conjunto de objetos.

Y a las 20.15, escondido en la entrada de una casa de la calle Venezuela, hizo una propuesta divertida: "Vamos a entrar de manera desapercibida en un supermercado". Los doce participantes notaron como nunca antes los sonidos de las latas, las bolsas y las botellas dentro de los changuitos. También escucharon el sonido de la cortadora de fiambre y de la caja registradora, mientras que la radio emitía Si tu no vuelves, tema de Miguel Bosé versionado por Chetes y Amaral. Y terminaron comprando productos para disimular ya que los dueños del lugar no dejaban de mirarlos con desconfianza.

A las 20.30, todos regresaron a Appetite. Shalom abrió el debate: "¿Qué sonidos fueron para ustedes los mejores? ¿Y los peores?" El ruido molesto más votado fue, sin duda, el de los colectivos, y el más bello, el de la lluvia. Una hora y media de caminata bastó para crear conciencia de que vivimos en una cultura más que nada visual y no somos conscientes de los sonidos que nos rodean a diario. Finalmente, un chico dijo: "Todd, cerrá los ojos", y todos aplaudieron.


Melina V. Dorfman

Foto: Eva Fisher

fuente: La Nación, Lunes 26 de febrero de 2007 http://www.lanacion.com.ar/886699